18 de Marzo 2015
EINE KLEINE NACHTMUSIK
STILL ALICE ES UNA PELICULA QUE TRATA DE UNA PROFESORA Universitaria cincuentona que se da cuenta de que la enfermedad de Alzheimer la está invadiendo poco a poco. Dice,” Veo el lugar enfrente de mi pero no me acuerdo de la palabra” O, “De pronto me encuentro en una calle, pero no sé cual es.” Después de un viaje relativamente cómodo, porque nos tocaron los asientos de la fila de salida que tienen mas espacio, llegamos al aeropuerto de München Riem, en el que había estado de transito varias veces pero no había nunca utilizado como destino. Como viajábamos por Turkish Airlines nos tocó el trato de ciudadanos de segunda clase, sistema que inventaron los romanos pero que los alemanes han perfeccionado a lo largo de toda su historia, lo que fue bueno porque además de usar un ómnibus para llegar a migración y ser verificado dos veces, la primera al bajarnos del avión y la segunda al pasar propiamente por el control migratorio, nos dio la oportunidad de recorrer el camino desde la Terminal 1, que es la original del “Viejo Riem” de hace unos 25 años y caminar hasta la Terminal 2, que es el “Nuevo Riem” edificado hace unos cuatro o cinco años. La cantidad de comercios (abiertos los domingos!) es espeluznante. Pero igualmente importante fue encontrar una oficina de correos abierta ese día desde la cual Sabă envió sus consagradas tarjetas postales a los pequeños de la familia.
EL VIAJE EN EL S-BAHN A LA ESTACION CENTRAL DE LOS FFCC (HBF = Hauptbahnhof) dura 45 minutos, pero en buen confort y por un precio moderado de €22.45 por los dos mediante, un Gesamt Tageskarte que hubiéramos podido utilizar hasta las 3 am del día siguiente si así lo quisiéramos. LA referencia a Still Alice se debe a la llegada al HBF que fue desconcertante para mi porque de hecho llegamos a una estación subterránea del S- Bahn con ese nombre, (de la que salimos con dificultad porque toda estaba en reparaciones o en construcción) y no a mi esperada y conocidísima estación del tren a la que llegué muchísimas veces en el pasado. Caminamos tres pequeñas cuadras al hotel y, después de dejar el equipaje en consigna, nos fuimos caminando por Kaufingerstraβe hasta llegar a Marienplatz.
HAN PASADO LA FRIOLERA DE 25 AÑOS DESDE LA ULTIMA VEZ QUE estuve en Múnich, cuando me corrió Willi Römer de su vida por no convenir a los intereses de la bizca y paticorta peruana, así que algunos de los recuerdos que tenía estaban como desquiciados de mi marco de referencia (otra referencia a Still Alice). Algunos de los almacenes aun existen, pero con nombres mas contemporáneos: Kaufhof se llama ahora Galeria Kaufhof (sic) y las tiendas de H & M abundan en la calle (contamos cinco en cuatro cuadras!) pero a pesar de que fuera domingo y que todos los comercios estuvieran cerrados, los restoranes estaban abiertos y los turistas escaseaban, tal vez porque la lluvia más que un “chipi chipi” de Córdoba era como un “chingaquedito” de Tuxtla Gutiérrez, presente pero escondiéndose detrás de las nubes amenazantes mas grises que negras. El Viktualienmarkt cerrado, el Donisl (famoso por sus Weiβwürstchen) bajo restauración después de 50 años y próximo a abrirse en Octubre y un paseíllo por el centro nos llevó a Odeonsplatz y de ahí a Promenadeplatz, donde estaba nuestro Dresdner Bank, ahora engullido por el Deutsche Bank y en donde recuerdo que iba cada viernes a sacar DM100 para nuestros gastos semanales de familia a la misma hora que una Gnädige Frau (Señora Distinguida) recibía del mismo cajero sus DM 2500 diarios en billetes recién impresos, de acuerdo a su solicitud permanente. Pero todo esto era un poco una avalancha de recuerdos de varias épocas de mi vida, desde que el Straβenbahn (tranvía) costaba 25 pfennig y la cena a la que me invitaba el Sr. Engel, de vez en cuando en su casa, consistía de 50 gramos de carne tártara que salomónica y generosamente dividía en cuatro partes iguales para que su familia y yo pudiéramos deleitarnos más con el aroma que con la aportación proteínica de esas épocas de posguerra.
LA PRIMERA VEZ QUE LLEGUE A MUNICH, A PESAR DE QUE LA GUERRA había concluido unos 13 años antes, el 70% de la ciudad seguía en escombros. Baste esta foto para darse una idea de los alrededores de Frauenkirche. Para mi era un espectáculo inconcebible porque los escombros, en mi experiencia de México, eran los terrenos en los que los constructores depositaban el cascajo de demolición de las casas viejas que estaban derrumbando para construir nuevas residencias en la época de afluencia económica de la posguerra americana. Aquí me costó mucho trabajo por fin entender que lo que veía era lo que había sido destruido tres lustros antes y aun no habían recursos económicos para reconstruir. Y los escombros estaban en todas las avenida principales, en las calles laterales y, me imagino, aun mas, en las zonas industriales de la periferia: monumentos, iglesias, palacios, opera, filarmónica, edificios de oficinas y de viviendas, todo era un montón de escombros. Le ayudaba al Sr. Engel a subir los cinco pisos hasta su departamento llevando cada uno dos cubetas de carbón para alimentar la estufa de hierro fundido que servía para ligeramente entibiar al departamento de dos piezas que tenia, mientras me explicaba todo lo que yo estaba viendo.
EN LA EPOCA EN QUE VIVIMOS AHÍ HABIAN PASADO UNOS 28 AÑOS desde el termino de la guerra y aunque todavía había mucho por reconstruir, la ciudad ya se veía casi como una metrópolis estructurada. Mis cortas estancias en los veranos posteriores no me dieron tiempo de crear impresiones más certeras, pero lo que sí puedo aseverar a ciencia cierta es que el Múnich de hoy sigue conservando su centro histórico que cuida con bastante seriedad, aunque con liberalismo comercial, antes nunca imaginable por la afluencia de anuncios en las fachadas, pero con un afán de modernizarse que es como una locomotora de ata velocidad. Todo el sistema de S- y U-Bahn está siendo reconstruido, desde los plafones hasta las escaleras eléctricas, muchas que serán adicionales a las pocas existentes y el comercio está en todo su apogeo. La crisis es de los griegos, no de los teutones.
Otra diferencia adicional es que la totalidad de la gente, salvo raras excepciones, habla inglés: conductores de camiones, meseros, dependientes de tiendas, vendedores de periódicos, cajeras de almacenes de alimentación. Por mayor esfuerzo que hacia de hablar en alemán, como nos oían hablar a Sabă y a mi hablar en inglés, de inmediato nos hablaban en ese idioma. A pesar de todo esto, no dejó de sorprenderme (modestia aparte) el hecho de que, aun después de todo este tiempo, no solamente sigo hablando y entiendo alemán, sino que ahora, a diferencia de antes, puedo leerlo mejor en los periódicos y revistas y entenderlo mejor en las estaciones de televisión. Yo creo que es alemán por osmosis, porque no sé de donde salió todo esto, o tal vez hablaba y entendía más de lo que creía cuando estábamos ahí.
ME ENTREGUE A LOS DESEOS DE TLALOC PORQUE LA ABUNDANCIA DE la lluvia me tenia los zapatos empapados y como había un saldo de botas impermeables en Galeria Kaufhof sucumbí a la tentación y de pronto se me quitaron: el frio; la antonimia “quemadura por frio”, que es el nombre que los doctores de nuestros países cálidos le dan al “frostbite” anglosajón; el cansancio; el dolor de pies; y (¿porqué no confesarlo?) hasta el mal humor! Ahora si, ”Tráiganme al gato, grito el ratón!” A caminar, se ha dicho.
ESTA VISITA A MUNICH HA SIDO UNA DE RECUERDOS Y NOSTALGIAS de mis múltiples pasados. Desde mi llegada una noche fría de Noviembre - para ir al Hotel Platzl que costaba $5.00 (ahora $238.00, según Expedia) y en donde me quedé la primera noche para irme al Albergue de Juventud la noche siguiente - hasta mi despedida de Willi. Múnich, para mi, es como un árbol en el que se puede leer la vida a través de los anillos de sus diferentes cortezas, o como el dintel de una puerta en donde mide uno la altura y el progreso de los hijos, un reflejo de tantas etapas de mi vida. Es como un “You can never go home again” de Thomas Wolfe o un “No puedes entrar al mismo rio dos veces” de Heráclito o, para ser mas melodramático, el Tango Caminito De Gabino Coira Peñaloza
Desde que se fue
Nunca más volvió
Seguiré sus pasos
Caminito, adiós.
NO SE MUY BIEN LO QUE ESPERABA ENCONTRAR EN MÚNICH. Tal vez algún recuerdo, tal vez algún punto de referencia, tal vez algún punto que iluminara el espíritu de aventura que me ha llevado por tantas partes.
Sabă y yo fuimos al Hofbräuhaus, con todo y su orquesta de Blasmusik y a Haxnbauer, que siempre me había dado mucha ilusión conocer y comer ahí con su Schweinshaxe, que resultó muy salado, seco y con corteza dura. En mi caso buscando el recuerdo pasado de mi juventud y, en el de Sabă, descubriendo las nuevas experiencias, pero la verdad es que los nuevos restaurantes que descubrimos, al azar, fueron superiores, más amables y menos turísticos y la peregrinación a Arabellahaus fue un regalo que me dio Sabă en honor de Alex, que nos pidió visitar el sitio y un descubrimiento para mi, porque fue como llegar a un lugar entre “déjà vu” y “jamais vu” por el contexto arquitectónico tan diferente de ahora, con sus germánicos edificios caros, vistosos y (un poco) prepotentes.
Tal vez todo esto me está sirviendo para asegurarme de que, en lugar de vivir en el pasado, me dedique de lleno a vivir en el presente y en el futuro, con más interés, mas certeza, más determinación y más espíritu de descubrimiento y aventura, que es lo que de hecho me llevó en el pasado allá y ahora me está llevando hacia el futuro.
BRENNT PARIS? ES, DE ACUERDO CON LOS RELATOS DE LA EPOCA, la pregunta (¿Se está quemando Paris?) que le gritó Hitler a su subordinado, el General von Choltitz, Gobernador de la Ocupación Nazi de París en Agosto de 1944. Hitler había dado ordenes estrictas a von Choltitz de no dejar nada en pie de esa ciudad, si las Fuerzas Aliadas tenían remotamente la posibilidad de capturar a París. Por la calidad moral de von Choltitz (que, por cierto, no demostró cuando envió a tantos miles de judíos a su exterminio en Rusia) y parcialmente convencido por la realidad bélica de las fuerzas francesas libres y la proximidad a París por los Aliados, von Choltitz le entrego la ciudad a la Resistencia, negándole así al Führer el deseo de exterminar la capital mas bella del mundo, e porque quería que Berlín la sustituyera en su Imperio de Mil Años.
SETENTA Y UN AÑOS DESPUES, A PESAR DEL PLAN MARSHALL, de la Unión de las dos Alemanias, de los concursos internacionales de arquitectura y de la mejor voluntad de toda la nación alemana, Berlín no es París en 2015. Sin lugar a dudas es una metrópolis de gran extensión, llena de parques y de arquitectura contemporánea; es una ciudad que guarda algunos recuerdos de su pasado, meticulosamente reconstruido sobre la base de planos, pinturas y fotografías de pre-guerra; es la capital financiera de Europa; es un monumento a la capacidad de reconstrucción del pueblo alemán, pero todo esto no suma ni se compara con la belleza de la capital francesa.
Ciertamente el esfuerzo que han hecho los berlineses en recuperar un lugar preponderante en el urbanismo es muy importante; y el costo de reunir a los dos Berlines ha sido espeluznante. Pero no hay dinero para todo y, entre otras cosas, el sistema del S- y del U-Bahn no se acerca a la calidad de los de Múnich o de Viena. Sin embargo algunos de los restoranes en los que comimos, por recomendación de Xavier y de Lilou, resultaron muy sabrosos y agradables, no muy caros y con un servicio que en nada se parece al de los 70s, pero que, objetivamente, en nada se acerca al de México
VISITAMOS ALGUNOS LOS LUGARES CONSABIDOS QUE NOS decepcionaron algo. El Museo Judío tiene un exterior impresionante y un interior execrable, con una pésima museografía, peor circulación y aun mas abyecta tienda de chácharas. El asunto que nos llevó a Berlín fue la Feria Internacional de Turismo, en la que Sabă tenia algunas citas con funcionarios turcos que, como era de esperarse, nunca se consolidaron, pero que, en cierta forma le fueron útiles para propósitos ulteriores. Como consecuencia de estas esperas y cambios de citas el tiempo, ya por si limitado que habíamos pensado tener disponible para hacer algo de turismo, se vio fuertemente cortado.
PERO, COMO SIEMPRE, HAY UN ANGEL DE LA GUARDA QUE nos trae en su mira. Con el afán de oír algo de música, conseguimos al ultimo momento dos boletos para ir al Konzerthaus, detrás de la oficina de Lilou, cerca de la Frierichstraβe, en la plaza de la Gendarmerie, para escuchar a la Orquesta Filarmónica de Hong Kong (si, de Hong Kong) bajo la dirección de Jaap Van Zweden, un joven director neerlandés, que ha ganado más premios que Muhammad Ali. El programa era muy seductor: una obra nueva de un joven compositor Chino (Quintessence por Fung Lam); el {10 segundos para enlazar con YouTube} en Re Mayor (“D Dur”, como lo llaman los alemanes) de Beethoven y la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvořák – o como dicen en su país “Borshac”. La primera no la conocía. Las otras dos son favoritas porque cuando Michel compró el primer tocadiscos Long Play de 33 1/3º de revoluciones por minuto, tambien compró diez discos LP entre los que se encontraban esas dos obras, así que las he venido oyendo las 4/5ªs partes de mi vida, o más.
Quintessence fue un suave y dulce merengue de ligereza y sensualidad, con acentos de una fuerza impactante, sobre todo en la coda final. La Sinfonía del Nuevo Mundo me trajo muchísimos recuerdos de mis pinitos de oír música clásica. Pero estar en el Konzerthaus, completamente reconstruido, con una acústica maravillosa, con una orquesta muy especial, el solista Ning Feng, joven y extraordinario y una Sinfonía de primer orden fue algo único para esa ultima noche en Berlín.
El concierto es sorprendente porque no tiene la fuerte cadencia de muchas de las obras de Beethoven, como sus sinfonías o sus conciertos para piano. El primer movimiento es alegre, juguetón, con un dialogo constante entre las dos secciones de cuerdas de la orquesta y el solista solo entra en acción pasados unos cinco minutos, aunque está en escena, impaciente y listo par arrancar, lo que visualmente también es interesante. El concierto no tiene tan solo al violín como solista, sino también al oboe, a dos fagots, y a los tímpanos. Hay una pausa al final del primer movimiento en la que algunas gentes aplaudieron y otras las callaron. No hay intervalo entre el segundo y tercer movimiento.
A Mozart le hubiera encantado escuchar los aplausos en medio de sus sinfonias. Lo mismo sucedería con Brahms, y con Beethoven y Grieg y un montón de otros compositores. En su día, el público espontáneamente aplaudía cuando escuchaba algo que realmente le gustaba - incluso si eso significaba romper la música antes de su conclusión.
Sucedió en numerosas ocasiones en el estreno del Concierto para piano de Grieg. Y el público embelesado en el estreno de la Sinfonía “Paris" de Mozart era igualmente agradecido. Algunos compositores realmente componen su música para incitar a su público a responder en medio de una pieza. Y es bien conocido que Chopin y Liszt gozaban muchísimo de los aplausos de su auditorio entre movimientos, en los conciertos particulares, que ofrecían con frecuencia.
Si el público no aplaudía durante la actuación, los compositores se preocupaban… y tenían razón. El estreno del primer concierto para piano de Brahms fue un fracaso total y causó sensación porque hubo poca respuesta del publico entre movimientos. Salvo por la rechifla.
Hoy, el público de la ópera estalla rutinariamente en aplausos después de una gran aria. Es una práctica aceptada, y nadie envía miradas fulminantes al resto del publico. A veces se plantea un alboroto tal que el aria tiene un encore antes de que la actuación puede continuar. Lo mismo sucede con los solos o los pas de deux en el ballet.
Entonces ¿que sucedió en la sala de conciertos? ¿Cuándo pararon los aplausos entre movimientos? ¿Cuándo se convirtio el público en meros espectadores y consumidores en lugar de activos participantes en los conciertos? ¿Por qué se ven obligados a guardar silencio?
Schumann y Mendelssohn controlaron tácitamente la cuestión escribiendo algunas de las principales obras de movimiento sin interrupciones. Por ejemplo, Mendelssohn explícitamente pidió al publico esa respuesta silenciosa entre movimientos en su Sinfonía “Escocesa”, que debutó en 1842, pidiendo que se tocara sin descanso para evitar "las largas interrupciones habituales." Schumann se hizo cargo del mismo asunto de una manera similar para conciertos para violoncelo y para la Cuarta Sinfonía. Como crítico respetado de la época, Schumann también reprendió abiertamente al público por su comportamiento.
Alex Cross, mi crítico musical favorito del New Yorker, señala al compositor Richard Wagner por instigar este cambio en el comportamiento del público. Ross dice que la pelota quedó rodando en Bayreuth en el estreno de la ópera de Wagner "Parsifal" en 1882. Wagner (famoso por ser tan sangrón) tomó medidas para eliminar el aplauso espontáneo durante la producción original, lo que no me sorprende para nada.
Según la esposa de Wagner, el público levantó un alboroto después de uno de los actos por lo que el compositor habló directamente con el auditorio. Les dio las gracias por su apreciación y aprovechó para mencionar el acuerdo que había tenido con el elenco de la opera. Nada de llamadas a escena para no influir en la impresión de la opera y nada de reverencias, ni de aplausos ni nada de nada que impidiera gozar la pureza de su obra. Los que aplaudieron fueron victimas de rechiflas en actuaciones posteriores, al parecer por no cumplir con esta solicitud de Wagner.
Alrededor de 1900, alguien escribió que el espíritu reverencial y los aplausos quedaron abolido primero en la iglesia y se fueron extendiendo al teatro y la sala de conciertos.
Como documenta Ross, el movimiento en los Estados Unidos prevaleció más en la época de la Gran Depresión, encabezado por el director Leopold Stokowski, quien propuso no dejar aplaudir al público bajo ninguna circunstancia, para que no se entrometieran en la divinidad de la experiencia del concierto, diciendo que "Cuando ves una hermosa pintura no aplaudes. Cuando estás parado delante de una estatua, te guste o no, aplaudir no tiene sentido ".
Por otro lado, el director estadounidense de origen ruso Ossip Gabrilowitsch elogio a los europeos del sur de quienes dijo que "gritan cuando están contentos, y cuando no, chiflan y lanzan patatas." Y reprendió a las audiencias pasivas: "Es un error pensar que el auditorio ha cumplido con su parte al comprar sus boletos." Muchos se han opuesto a esta practica llena de esnobismo porque es una restricción artificial, que ciertamente no encaja con las intenciones de los compositores. El compositor Edvard Grieg fue uno de los muchos compositores que aprobaron los aplausos espontáneos entre los movimientos.
El argumento más común es que se interrumpe el flujo y la continuidad de la música. El debate continúa hasta nuestros días.: "El silencio es tan profundo como parte de la música, y cuando a ese silencio no se le da su espacio, se pierde una gran cantidad del impacto emocional que el silencio puede generar " comento algún crítico cuyo nombre no recuerdo. (Still Alice?)
Tal vez es hora simplemente de dejarnos reaccionar a la música clásica con nuestro corazón al igual que hacemos cuando nos encontramos con otras formas de música que pertenece al publico, a sus oyentes. La música es para el auditorio, no para los críticos; es para los ciudadanos, no para los esnobs
¿Como dejar de aplaudir al final de cada movimiento de las Cuatro Estaciones de Vivaldi? Solo el pobre de Salieri se ponía furioso cuando le aplaudían a su rival Mozart al final de cada movimiento de sus obras, entre otras . {10 segundos para enlazar con YouTube}. Tal vez por eso Salieri se murió de una infección de estreptococos en la garganta.
¡ A soñar con los angelitos y Auf wiederhören !
Leave a comment